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Cádiz y La Habana, hermanadas por el folclore (Primera parte)

Desde los albores del renacimiento cuando Cuba y España quedaron unidas por lazos políticos y económicos, se inició un flujo de intercambio socio cultural entre ambas orillas del océano Atlántico que tuvo como protagonistas a La Habana y Cádiz, respectivamente.
Esa intercomunicación se iría retroalimentando con las migraciones de ambos lados; etnias de aluvión y el intercambio de tripulaciones que a bordo de los buques que partían regularmente del puerto gaditano llegaban a las cálidas aguas del litoral habanero. Marineros, camareros, marmitones…un simpático «ejército» de labores subalternas sirvieron de vasos comunicantes entre las poblaciones indígenas cubanas y las capas más populares de la potencia dominante procedente de la bahía de Cádiz.
Este caudal de sabiduría popular iría influyendo a lo largo de los siglos, de ahí las haches aspiradas con avaricia en nuestro habla, el dulce abuso de diminutivos y las eses que suavizan el duro castellano de la metrópolis. Modismos, costumbres, alimentación ultramarina compartida, fiestas y tradiciones similares, cantes de ida y vuelta:  las guajiras, guarachas, el son cubano adobado en sus simpáticas variantes.
Oleaje de ritmos y sentimientos hermanados por una interesada complicidad fraguaron la base de lo que después alumbrará nuevos cantes flamencos y las híbridas piezas musicales en habaneras con el apellido de carnavalescas que serán la cuna del llamado tango gaditano.
De la misma manera que la explosiva mezcla de música country con ritmos del jazz ligero más evolucionado y unas gotas de folclore mejicano dieron como resultado el rockandroll en la segunda mitad del siglo XX que entró en Europa a través de la música beat por el estuario del Río Mersey (Liverpool); fueron ritmos habaneros los que iniciaron el despegue musical de los carnavales gaditanos en la segunda mitad del siglo XIX.
Los movimientos, gesticulaciones, ademanes grotescos y la forma de moverse haciendo tipo de las comparsas gaditanas tienen una raíz cubana.
No debemos olvidar que Cádiz no solamente estaba en su barrio de La Viña, en La Mirandilla y en su muelle, también tenía su prolongación en los barcos donde trabajaban muchos de sus mejores «elementos».

 

Antonio Machado Álvarez, Demófilo, desveló a finales de mil ochocientos algunas claves del folclore de esta tierra
¿Acaso en la ciudad de La Habana no harían suya estos cantares por el vulgo gaditano coincidiendo con el establecimiento de las fuentes públicas?.: «Qué bonita está la fuente, los chiquillos acarreando, las cigarreras contentas y los gallegos con los carros…»
O esta otra copla alusiva a la orden del gobierno de Madrid para que zarpara del puerto de Cádiz con el objetivo de apaciguar la insurrección cubana: «cuántas madres llorarán y la mía la primera cuando la fragata Carmen ponga la proa pa fuera».
Igualmente ocurre con ciertos refranes o dichos populares como la consabida frase, «ni lo hueles», que surgió hacia 1850 al negarse una joven a acceder a ciertos favores que en aquél sórdido ambiente portuario le solicitara un rijoso camarero de los vapores correos de Cádiz a la Habana.
Otra de las características comunes a ambos refraneros es relacionar los santos del día con las fechas en las que se producen los hechos relatados. Por ejemplo, en el siglo XIX por coincidir lluvias torrenciales con la festividad de San Antón (San Antonio Abad) en la que tenía lugar la tradicional bendición de los animales, se tuvo que trasladar la ceremonia y la procesión por motivos climatológicos a la festividad de San Sebastián. Esto dio lugar a la siguiente copla:
San Antón, viejo meón/ mete a las niñas en un rincón/ San Sebastián, mocito y galán/ saca las niñas a pasear.

Otro tanto parecido ocurre con el santoral en el Caribe donde la iglesia es cómplice del sincretismo religioso.
Muchas de estas canciones los niños las adaptan por mimetismo, interpretándolas al compás de sus juegos y haciéndolas más perdurables.
Expresiones como guayabo, vacilón, ojito caraho, tan empleadas en ambos folclores sirvieron de reclamo y estribillo en famosas murgas: Guayabos Musicales (1932).
Los propios motes a personajes populares de ambas ciudades cargados de ironía llamando chato al narigudo, gordi a la mujer atrayente, fea o feo al que posee belleza.
O salpicar el habla de los portuarios con términos castellanizados de la lengua inglesa (faty).
Multitud de palabras en el lenguaje coloquial como achantao, barbacoa, aplatanao, verraco, o cambabalache nos hermanan cada vez más a los habaneros y cubanos en general.
Huelga repetir que el cante flamenco de los puertos y por extensión de otros lugares, se ha enriquecido con los llamados cantes de ida y vuelta (guajiras, rumbas…)

Maracas, rayadores o güiros, claves y otros instrumentos musicales tradicionalmente usados en Cuba fueron la base de la percusión de las primeras comparsas desde el siglo XIX que de rebote desde Cádiz llegaron a otros lugares del Océano Atlántico (Tenerife, Montevideo).

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